miércoles 16 de septiembre de 2009

Ir mat, Bretagne!


Mardi 8

Camino a Saint Maló nos desviamos. ¿Conoces Concal?, me pregunta. Ahora le respondería: ¿Cómo olvidarlo...? La carretera de acceso me transporta por un momento a mi querida costa brava: las curvas, el paisaje frondoso que te impide ver el final... y de pronto de entre la maleza aparece tu destino, como al entrar en Port de la Selva por la carretera de Llançà o como al llegar a Cadaqués desde Port de la Selva. A medida que avanzamos se abre un pueblo pescador, una fila de casas bajas y coloridas bordean la carretera principal por su lado izquierdo. A la derecha, sólo el mar. Bueno, más bien sólo arena encharcada. La panorámica es inolvidable, barcas reposando en la arena, tumbadas esperando a que suba la marea para danzar entre las olas. Hacia el final del paseo encontramos tres paradas de venta, venden mejillones y ostras a 3€ el plato. “Aquí viene la segunda parte de la sorpresa”, me dice Guigui, “Huitres!”. Ostras frescas con un poco de limón. Todavía se mueven. Riquísimas, aunque es el típico manjar que si te quedas mirando más de un minuto te resulta repulsivo. Mejor abrir y comer, abrir y comer. A nuestras espaldas se encuentran los criaderos. Buscamos un lugar para comer. Yo esperaba Mules frites pero Guigui quiere que pruebe las galletes. De aperitivo: frutas secas y Pommeau-Choucheu (una especie de licor dulce). Me pido una con todo: jamón, queso, champiñones, chorizo, huevo... Un placer. Bebemos sidra bretona. La verdad, no me gusta, pero la bebo igual. Brindamos en bretón: Ir mat! (ellos también tienen su propio idioma). Pienso que a veces cuando más sólo quieres estar, más compañía necesitas. Me alegro de que Guigui esté aquí.

El sol brilla en todo su esplendor, reflejándose en el suelo húmedo y barroso. No puedo evitar chapotear descalza entre las barcas, quiero notar esa sensación viscosa que provocaba ruiditos insoportables bajo mis zapatos. Es agradable y asqueroso a la vez. Me siento como un niño estrenando botas de agua, sólo que con miedo a resbalar y caer. Caminamos hasta el coche, mejor esperar a que el barro se seque, está imposible de sacar y me estoy poniendo como un cristo. Debemos llegar a Saint Maló a una hora prudente, no tengo donde dormir.


Tocando el cielo

Mardi 8

Alguien ha dormido en mi habitación, una mujer, pero ya se ha ido. La habitación no tiene water (para sus necesidades bajar a la planta baja), pero sí pila y ducha a ras del suelo. Después de mi “remojo” en calcetines, por llamarlo de alguna manera, me preparo para mi intenso día de viaje. Suena mi móvil, tengo un mensaje. Es Guigui que dice que en media hora me pasa a buscar. Qué bien, voy a visitar la Bretaña en coche, como me hubiera gustado des del principio. Las carreteras no tienen nada de diferente a las españolas: dos direcciones, carteles azules (autopista) y blancos (nacionales), etc. A los lados, praderas y más praderas con vacas y más vacas pastando. Ahora entiendo lo de los quesos... Destino: Mont Saint Michel.

Hace un día espectacular. Guigui me explica que si la marea está baja se puede caminar alrededor del Monte. Pero la inofensiva arena puede convertirse en movediza, por eso hay que hacerlo acompañado de un guía. Por el contrario, hay momentos durante el año que el mar lo cubre todo y es imposible acceder. El castillo queda completamente incomunicado. Hoy, no se da ninguno de ambos casos: la marea está baja y tranquila pero sólo deja ver la carretera principal de acceso, de modo que no hay vuelta alrededor. Pero nada puede impedirme entrar en la Séptima Maravilla del mundo. ¿Será este el inicio de un peregrinaje hacia las seis restantes? El tiempo lo dirá.

A medida que avanzamos, Guigui me va introduciendo en materia. El Mont Saint Michel es un santuario construido en honor al Arcángel San Miguel, quien mató al demonio en su disfraz de dragón. Lugar de peregrinación durante mucho tiempo, ahora es un monasterio. En su parte más baja conserva las casas del pueblo que se desarrolló en el siglo X. ¿Hay gente que vive aquí aparte de los monjes? Correcto, pero no debe ser muy agradable estar siempre rodeado de turistas. En la entrada queda la Mer Poulard, el único restaurante en el que preparan artesanalmente las galletas más conocidas de Bretaña. Subimos por las estrechas calles. Todo son restaurantes, puestecillos de venta de galletas y otras especialidades gastronómicas y tiendas de souvenirs. Puedes comprar hasta espadas y corazas medievales. En una tienda de postales, Guigui me señala una riéndose. Este dibujo expresa exactamente la pelea entre bretones y normandos por la propiedad del Monte. Son dos mujeres ataviadas con sus respectivos trajes regionales, una a cada lado de la maravilla estirando por una cuerda atada a la cima. El castillo es toda una fortaleza militar, durante la guerra de los Cien Años sus paredes aguantaron todos los ataques de los ingleses, lo cual hizo del lugar un símbolo de identidad nacional. Me muero de ganas por entrar.

Gratis para los ciudadanos europeos y para los menores de 26 años; doblemente gratis para mí. El recorrido, como no, está marcado. Obviamente no puedes campar a tus anchas por el castillo, pero si tienes libertad de movimientos para ver y dejar de ver lo que te apetezca, o quedarte un rato divisando, a través de los grandes ventanales, los dibujos que hacen mar y tierra alrededor del Monte. Desde la terraza oeste la panorámica de la bahía es deslumbrante. Es como un viaje al cielo en primera clase. A la derecha, en el horizonte, peñascos de Bretaña; a la izquierda, acantilados normandos; y, justo delante, la única vía de acceso al Monte. Por si no fuera poco, al girarme descubro una vista única de la aguja neogótica del campanario, rematada por la estatua de cobre dorado de San Miguel.

La iglesia, a 80 m sobre el mar, es bonita, no muy pretenciosa, pilares altos con arcos largos. Apunto de sacar una foto, un monje se coloca delante de mi y hace una reverencia hacia el altar. Yo disparo. “Menos mal, existen”, pienso. Piden silencio y respeto, las monjas rezan. Desde donde estoy no pueden hacerse fotos, tengo una perspectiva perfecta para cogerlas en plena meditación. Guigui no me deja. Es una de esas fotos que jode no hacer (y perdón por la expresión). Damos la vuelta al ábside. Lo de las fotos es una tontería porque desde la mitad para atrás si se puede, supongo que no han tenido en cuenta una cosa que se llama zoom. Reconozco que mi cámara compacta es una “m”, pero la foto no está nada mal.

Poco a poco, vamos entrando en las diferentes salas que forman parte de la Maravilla, donde los monjes hacían vida: la cocina, el comedor, la sala de escritura, la sala de los huéspedes, pequeñas capillas, etc. Siempre me he preguntado dónde se esconde la gente que habitualmente vive en lugares como este, llenos de visitantes todo el día. Pruebo de abrir toda puerta cerrada, pero no tengo suerte. Encuentro mazmorras, pero sólo puedo tomar una foto entre los barrotes. Durante el tiempo de la Revolución Francesa, la abadía sirvió de prisión tras la disolución de la comunidad religiosa.

Poco después, por un pequeño pasaje se accede al antiguo osario de los monjes (sala donde se entierran los huesos humanos extraídos de un cementerio), espacio ocupado por una rueda gigante instalada para subir los alimentos de los presos encerrados cuando el santuario se convirtió en prisión. Ruedas como esta se utilizaban en la Edad Media para las obras de construcción.

El Mont Saint Michele es también una obra arquitectónica única por su forma piramidal y la disposición de cada una de sus salas. El plano es incomparable a ningún otro monasterio en el mundo. Su resplandor es debido a ininterrumpidas restauraciones desde la Edad Media, cuando los hombres veían el Monte como una representación del Paraíso: el Jerusalén celeste, le llamaron. Desde 1979, está incluido en la lista de patrimonio mundial de la UNESCO.

Con el monte a nuestras espaldas, Guigui me dice que haremos una parada antes de nuestro próximo destino, Saint Maló. Tiene una sorpresa para mi. ¿Te gustan las ostras?, me pregunta.

Rennamorada

Lundi7

Es temprano pero me apetece visitar Vitré, la puerta de la Bretaña francesa. Compro un billete a Rennes para el mediodía por internet, desayunamos rápido (un croisant y un café) y me despido como puedo de los Hervagault, que tan amables han sido conmigo. Merci pour toute, je suis enchanté de conaicez vous... y el resto de cumplidos en inglés para que Gaya les traduzca y yo deje de pasar tremendo apuro. La primera visita es el castillo de la villa, le Chateau de Vitré, se conserva en un estado increíble y funciona como ayuntamiento. Gaya me explica que la primera vez se casaron aquí. Guillaum nos acompaña por suerte, así me da las claves históricas que necesito saber. Vitré es una pequeña villa medieval con un encanto particular, ideal para crecer, insuficiente para formarse y exquisita para el retiro. Aquí vivió la duquesa ... , es recordada por criticar duramente a su marido por sus dudosas actuaciones como rey. Me sorprende de la cultura francesa la cantidad de heroínas que tiene su historia, por algo será que su imagen de la liberté es un mujer, ¿no? Guigui me pregunta qué voy a hacer estos días por la Bretaña, le cuento mi plan y se ofrece a acompañarme. La cuestión es que tiene que ir a Rennes a ver a su hermana y que de paso pues me puede enseñar el resto, que conoce todas las ciudades a las que voy como la palma de su mano. No recibo la invitación de muy buen agrado, este es mi viaje y quiero hacerlo sola. Pero insiste y Gaya y Wil también. ¿Porqué se preocupa tanto la gente? ¿Tan extraño resulta el querer viajar sola? Muy diplomáticamente me niego, aunque excusándome no muy bien, en realidad no tengo motivos.

Damos un rodeo por las calles vitrerinas (topónimo inventado) todavía adornadas por la celebración del milenio de la pequeña ciudad. Está todo cerrado, me había olvidado de que los lunes en Francia no se trabaja. El día está soleado, “aún voy a tener suerte”, me digo a mi misma (la previsión del tiempo para esta semana era de nubes y lluvia). En la estación no puedo sacar el billete, mi visa electron no es valida (el carnet jove, no vale para todo...), voy justa de tiempo así que pedimos que nos dejen pasar. Una mujer se niega, el resto no. Aun así el ordenador de la operadora se bloquea y no me da tiempo a comprar otro billete. Corremos de todos modos hacia el tren en el que me subo mientras Wil le explica al revisor lo sucedido. Guigui me dice que me llama en un par de horas para ver por donde estoy. Se cierran las puertas. Au revoir!

Compro el billete de camino, no hay problema. Y me sale más barato (4€)! En media hora llego a Rennes. Como no he planeado nada, ni reservado ningún albergue, ni previsto ningún tipo de movimiento, me compro un plano con cuatro listados y me siento en la terraza de la crepería l'Epi de Blé a comer una gallete de jambón. Encuentro un albergue en la calle Saint Maló, cerca de la Place Sainte Anne. Esta ciudad de no más de 100.000 habitantes ¡tiene metro! Estudio como llegar y busco un plan B por si me falla el primero. La línea “a” es la más nueva, sólo tiene un par de días. Son cuatro paradas, la mía es la de Sainte Anne, la salida da a la plaza con el mismo nombre. Wow, me encanta lo que veo. Me apresuro a dejar la maleta. Encuentro fácilmente la calle del albergue pero empieza en el número 2. Compruebo el número que busco: 230. ¡Uf! A caminar. Cuando llego al 55, veo un desvío a la derecha: Auverge du Jenesse. Tiene pinta de albergue, me acerco a preguntar. Voilà! Tienen habitación (18€). Me quedo.

La chica de la recepción es muy simpática, me dice que le encanta Barcelona. Le caigo bien. Saca un pequeño mapa y me traza un recorrido. Merci beaucoup, trabajo hecho.

Rennes es una ciudad encantadora. Un Santiago (la mayoría son estudiantes) más que original. Bonita, acogedora, joven, alegre, pintoresca... podría llenar líneas y líneas con adjetivos sobre ella. La plaza de Sainte Anne es el núcleo de la zona norte, terracitas y más terracitas bajo edificios de madera coloridos y extremados. Algo me recuerda a Amsterdam, supongo que es ese aire desenfadado y pueril, esa sensación de vida fácil y amena. Caminando por la Rue Saint Michel me encuentro más bares y mas terrazas y más gente joven. Las casitas estan tan bien cuidadas que nadie diría que alguna de ellas daten de 1929. Paso de largo la catedra de Saint Pierre, aun teniendo en cuenta lo que me pirran las iglesias. Estas callejuelas me tienen completamente ensimismada: tiendas de ropa cool (donde me compro unas chaussures Victoria de color blanco, mis nuevas compañeras de viaje), de zapatos, galerías de arte y freakadas de todo tipo se entremezclan calle tras calle con casas particulares y pequeños soportales que arrinconan dos o tres puertas distintas. Por la Rue des Dames llego a la oficina de turismo, establecida dentro de lo que antes debió ser una iglesia deduzco por su aspecto exterior. Sigo caminando y aparezco en la calle Beaumanoir donde las tiendas ya empiezan a parecer más comercios. Al final, me encuentro con la Place de Mairie y su Ópera. Espectacular. Justo en frente, el hotel de Ville presume de su autonomía, incorpora el ayuntamiento. La fachada conserva un antiguo instrumento, parecido a un órgano (por su sonido y mecanismo), que sirvió para hacer anuncios a la ciudad. Cojo la calle de en medio para llegar a la plaza del parlamento. Sí señor, la región bretona tiene parlamento propio, como en su día tuvo gobierno propio. Las boutiques empiezan a tener nombres conocidos. El edificio de Les Magazems Modernes, por ejemplo, ha sido invadido por Virgin. Me cruzo con la Rue Le Fayete (no será como el conocido boulevard de París pero tiene su encanto). Se acaba la Rue Salomon. El Palais du Parlament de Bretagne es imponente, lástima de las obras que impiden el paso y estropean la foto.

Si giro a la izquierda por la Rue Victor Hugo y tuerzo a la derecha por Cont. de la Motte llegaré al parque. Me han dicho que hay una piscina de mármol espectacular justo en la encrucijada de estas dos calles, me he dejado el bañador, mejor sigo caminando. Después de un buen trecho llego a la Place Saint-Melaine con su Église de Notre Dame (me temo que nada que ver con la que todos conocemos) y la puerta de hierro al Parc du Thabor. Qué ganas de comerme un helado tumbada en la yerba. Dicho y hecho: cucurucho de chocolate y hierba equivocada. Enseguida me echa un mujer, me lo dice en francés pero hay cosas que se entienden rápido. Se ve que no esta permitido aposentarse en ese lugar, cosa que podría haber deducido puesto que estaba vacío y la parcela de en frente llena. Encuentro otro lugar saboreando y relamiendo mi bola de cacao. Me tumbo y escribo un rato. Recibo un mensaje de Guigui, dice que acaba de llegar a Renne que en una hora nos vemos. No entiendo porqué ,pero me emociono y decido volver al albergue a cambiarme de ropa. ¿No era yo la que no quería compañía?

Le espero tomando una cerveza en Sainte Anne, se retrasa tres cuartos de hora, pero no me importa, estoy feliz. Es extraño quedar con una persona con la que no has mantenido nunca una conversación de más de cinco minutos y te quiere enseñar todo un país. Diós, su inglés es terrible, pero conectamos bien. Volvemos a las mismas calles, las mismas plazas, de la mañana, pero ya se sabe: por la noche todo se ve distinto. El parlamento impresiona más todo iluminado. Guigui me cuenta que hace solamente 10 años fue completamente quemado por un tema político (no es un secreto que a los franceses, bretones en este caso, se les vaya la mano a la hora de defender sus derechos). También fue el lugar donde se juzgó el caso Dreyfus (un judío acusado de espiar al gobierno francés para filtrar información a los alemanes), tema muy conocido en la rama periodística por la carta al presidente de Emile Zolà, J'acusse. Volvemos a Sainte Anne y torcemos por la Place St Michel para llegar al Hall Matenot, un mercado de gastronomía bretona que abre sólo los domingos. Paramos en la terraza de un bar, donde solían emborracharse con Wil y los demás cuando todos estudiaban en Rennes. Aquí pruebo mi primera cerveza bretona: la Duchesse Anne (muy oportuno el nombre). Está deliciosa. A partir de aquí la conversación se hace muy interesante, hablamos de todo un poco y de un poco, mucho. Pasan las horas, pero el mundo no lo arreglamos.

Domingo a la francesa

Dimanche 6

Me levanto no con el gallo sino con la gallinita de Petra picando a la puerta (que la noche anterior me levanté a cerrar después de encontrarme a tres individuos más que descarados entrando en mi habitación). ¿De dónde vienes a estas horas?, le pregunto burlona. Me sonríe y me dice que luego me cuenta. A la hora de comer nos vemos todos las caras otra vez (la mayoría de invitados se han quedado también en el hotel). Más de uno la esconde. Mejor, no se vaya a encontrar con más de una mirada asesina. Bufe para todos, comemos las sobras de la cena con alguna ensalada de más. Nadie habla, sólo se oye el ruido de los cubiertos sobre los platos. Después de algunos discursos por parte de ambas familias, todo el mundo empieza a partir. A Petra le acompaña un apuesto galo a la estación, parece un tipo majo. Me dice que hablaron mucho, nada más, que Guilloaum le ha pedido que se venga a Vitré a vivir que lo suyo podría funcionar. ¿Existen los flechazos? Cé l'amour.

El hermano de Wil se acerca a la mesa con el pequeño Nicolaise. Sólo tiene tres meses y unos ojazos azules que abre con curiosidad. No entiendo qué es lo que le lleva a hacerlo, pero el padre me pregunta si quiero cogerlo. Casi se lo robo de las manos. ¿Reloj biológico? Nah... Me sonríe una y otra vez. ¡Le gusto! Sin duda el mejor momento del día. Los bebés desprenden un calor peculiar, muy agradable. Y todo un cúmulo de sentimientos (ternura, amor...) e instintos (maternal, de protección...). Pronto llega la madre en busca de lo que es suyo. Se lo lleva y en mi pecho queda una extraña sensación: vacío.

Fumamos frente al castaño, las rusas y yo. Pepo, Gisela y Anastasia brune se fueron muy temprano. El olor a granja nos lleva a investigar por los alrededores del caserío. Prados y vacas a lo lejos. Un río y un camino que me trae algunos recuerdos peregrinos. Al poco tiempo se van todos las demás, primero Diliara y luego Anastasia blonde con Sonia y Jean, que vuelven a París. Me quedo sola bajo el castaño y dormida en pocos segundos. Al cabo de dos o tres horas (perdí la cuenta) vuelven Gaya y Wil, habían acompañado a la familia de ella a la estación de Laval. Enseguida nos vamos. Me quedo a dormir en casa de los padres de Wil para marchar a primera hora hacia Rennes y empezar así mi aventura solitaria. No hay sitios suficientes en los coches así que nos repartimos, a mi me toca ir con Nadiege, la hermana de Wil y madre de tres monadas que van en la parte de atrás. Parece que al hijo mayor, de unos 9 años, le hace ilusión que venga, grita mi nombre y se coge a mi cintura efusivamente. En el coche no hay sitio para nada más, por lo que la hija mediana, de 7 años o así, me inquiere: “si tu vas aquí delante y mi papa conduce, ¿dónde va mi mama? Aunque me lo diga en francés la entiendo, pero ¿cómo le respondo? Entonces entra mama, lo malo es que el niño se pone a llorar porque papa se ha ido en otro coche. A los cinco minutos duermen. Todos en sillitas de “bebe a bordo”, son como fotocopias, cabezas de medio lado, boca abierta y dentaduras precarias. La más pequeñita, Penelope, va a su rollo. Tiene solamente un año, pero aquella misma tarde ya se había llevado su primer cigarro a la boca. Los 45 minutos hasta Vitré pasan tranquilos, por suerte no me duermo, Nadiege hace todo lo posible por mantener una mínima conversación conmigo. Yo lo intento con mi francés macarrónico de tres verbos y medio.

La casa de los Hervagault es acogedora. Conserva todavía un punto rústico, sobretodo en la cocina y en las habitaciones del piso de arriba, lo que denota un cambio reciente en el mobiliario, ahora mucho más moderno, luces halógenas y sofás recostables de cuero. Está todo patas arriba fruto de los preparativos de la boda, tal y como se molestan en repetírmelo una y otra vez. Mi habitación es la de invitados: una cama grande, el piano que nadie toca y un excalestric al lado de la cama que no se ha tocado desde la última vez que seguramente el hijo mayor de Nadiege jugó. También tengo baño propio. La madre de Wil quiere que pruebe la especialidad bretona: les galletes (crepes saladas). La mía se le quema un poco, pero aún así me gusta. De postre, el Big Ben, que había quedado intacto porque Gaya muy ingenuamente pensó en mantenerlo como decoración para su piso de París. A parte de lo bien trabajado también está bien rico, pero es puro caramelo, con dos mordiscos tienes dosis de azúcar para todo el mes. Nos quedamos solos los tres y hablamos un poco del futuro, del suyo del mío... Quieren crear una línea de ropa juntos y montarse un negocio propio entre los dos. Siempre tuvieron arte para la moda, eso es cierto. So, good luck guys!

Gayane & Wilfrid


Samedi 5

He acudido a la boda más larga de la historia. Ya sabía de antemano que en el país galo las bodas podían durar hasta tres días, pero intentar concentrar esos tres días en uno ha resultado extremadamente agotador. El pueblo de Vitré estaba a nada menos que 45 minutos de la Marjolaine. La ceremonia nupcial comenzaba a las 10h, de modo que todo el mundo debía estar a las 8.30h en el hall del hotel esperando a Tatiana, la traductora ruso-francés/francés-ruso. Yo ya había abandonado desde ayer todo intento de hacerme entender en inglés, así que Petra me hacía de traductora particular (francés/ruso-inglés), además de prestarme el secador de pelo, maquillaje y demás. De camino a Vitré me dormí, para variar. El conductor no encontraba el modo de llegar hasta la iglesia hasta que vimos pasar un citroen 600 de color rojo a toda velocidad, con un cartelito de “just married” en la parte de atrás, del que colgaban algunas latas de redbull para hacer el ruido preciso para la ocasión, además del uso de un claxon, más oportuno para un partido de futbol que para una boda. Era el novio, que quería llegar el primero. Les seguimos y encontramos e templo. Al poco rato, llegó la novia en limousine. Un día esplendoroso. Una iglesia, preciosa. El pasillo que marcaba el camino al altar se limitaba por un ramillete atado en cada uno de los bordes de las sillas a cada extremo. Esta vez no fue la novia, sino los invitados los que hicieron esperar.

Por fin entró Wil junto a su madre, vestida de rosa fucsia con un sombrero beige a juego con los zapatos. Traje gris a rallas impoluto, camisa, chaleco y pañuelo de un blanco roto, Wil esperaba ansioso la llegada de su mujer (casados ya hace un año por lo civil querían regalar a sus padres la boda que todos ansiaban). Los familiares de Gaya miraban alrededor curiosos, son ortodoxos, por lo que la tradición católica les parecía un tanto peculiar. Pasaron los niños con las arras. Sonó una melodía conocida y se dio el momento más esperado del día. A ritmo de moby, con su canción de la película La Playa, Gaya se aproximaba del brazo de su padre, Sir Avanesayan. La corbata blaugrana le daba un toque alegre y sombrío, al igual que su rostro, divertido y espeluznante al mismo tiempo: ojos bien abiertos, mirada intensa, como enfurecida y emocionada a la vez, sonrisa de lado a lado. Nunca vi a ese hombre con otra expresión. El rumor del gentío se hizo sonoro, la novia se hizo notar. Después de probarse decenas de vestidos y no convencerle ninguno, Gaya había decidido diseñarlo ella misma y llevarlo a un sastre. El resultado, espectacular. Original, ostentoso y brillante, como ella. Un ancho velo, sostenido en una kiara con brillantes svarovski (que adornaban también el resto del vestido), le cubría la cara. La ceremonia fue larga pero nada pesada. Salmos cantados por dos francesitas con voz angelical animaron la misa. El momento de lo anillos fue el más emocionante. Aplausos y más aplausos. Puedes besar a la novia. Un beso largo y dulce. Vivre d'amour!

Fotos y más fotos con los novios antes del aperitivo en la parte de atrás de la iglesia. Un patio de paredes viejas y columnas desgastadas, suelo de piedras (terrible para toda alma con tacones) y una mesa cuadrada con champaigne y canapés. Nos dieron las 14h en aquel magnífico lugar.

De vuelta a La Marjolaine perdí a Petra. Pensé que debía volver en la limousine con los novios y los mejores amigos de ambos (muy equivocada estaba, la vi llegar en el fabuloso 600 rojo y me morí de envidia). A la sombra del castaño, otro aperitivo antes de comer. Más champaigne y pastitas saladas, momento de comentar la ceremonia. Los franceses, o al menos los bretones, son más parecidos a los españoles de lo que me pensaba. Alegres, dicharacheros, un tanto escandalosos y calmados. Sin prisas. A la media hora nos dieron paso al salón del convite. Temática muy adecuada para la ocasión: un guardia con chaqueta roja y casco oscuro y peludo daba la bienvenida, un cabina telefónica también roja, en los cristales cuadriculados de la cual podían consultarse las mesas asignadas a cada quién. London, escenario idílico para Gaya y Wil, estaba presente en cada rincón. Mi mesa se llamaba Zoo bar, haciendo honor al local que más visitamos durante nuestra estancia en Inglaterra. Entre nosotros quedan aquellas fiestas locas entre estudiantes y tantos secretos que guardar. La comida exquisita, el postre más aún. Y el pastel, inolvidable: un Big Ben de caramelo de metro y medio.

Durante toda la tarde, amigos de ambas familias nos deleitaron con juegos sobre los novios y performances varias. Un hombre y su guitarra hacía las veces de conductor como de actor. Una mujer, con más entusiasmo que oído, nos acompañó durante el café con su versión particular de la Vie en ruge, mientras otra tocó el saxofón con un nivel amateur digno de admirar pero difícil de escuchar. Cuando empezamos a preguntarnos en qué momento se apartarían las mesas para dar paso al baile, nos comunicaron que la orquesta no empezaría hasta las 20h, faltaban dos horas. El vino hizo de las suyas y algunos de nosotros decidimos subir a las habitaciones a echar una cabezadita antes de cenar, mis pies empezaban a echar humo. Tacones altos, piernas estilizadas, pies destrozados. Al rato volvimos a encontrarnos todos bajo el castaño. Era casi imposible intentar cualquier tipo de comunicación con los demás invitados, la barreras del lenguaje eran agotadoras. Todos sabíamos que había que esperar a que corriera el alcohol. La cena era un buffe, apenas comí. Un poco de jamón serrano con pan (sin tomate a mi pesar). Y de postre chou à la creme. Deliciosos pastelitos de crema.

La sala de fumadores, es decir el exterior, se convertía en lugar de tertulia y acercamiento intercultural. Entre gestos y medias palabras unos y otros intentábamos intercambiar algún tipo de impresión. Algún que otro confundido creyó que tirarse un pedo en medio de un intento de conversación era la mejor manera de establecer algún tipo de contacto. Obviamente, algo totalmente contraproducente. Mientras, otros probaban con una especie de flirteo de todo menos sutil. El bollo al hoyo. La orquesta comenzó, pero el alcohol nunca llegó. El vino somnoliento y el champaigne aburrido, dieron paso a la sidra. Dulzona y pesada. Entonces se hizo la luz y un surtidor de cerveza apareció de la nada. Beberla en copa no fue lo peor; tener que escuchar todo el repertorio de las míticas canciones de pop y rock de todos los tiempos versionadas en francés, sí lo fue. No obstante, nada de lo que pasó aquella noche fue aburrido en absoluto. Wil y Gaya divertidos y muy poco borrachos, para eso ya estaban sus amigos completamente fuera de sí. Lo habían preparado todo con tanto ahínco que cuando les llegó el momento de disfrutarlo se les fue la mano, en todos los sentidos. En su defensa tengo que decir que el elenco de amigas de la novia era de bastante nivel y al no poder cruzar una palabra había que intentar el acercamiento mediante otras tácticas, adecuadas o no. Exceptuando a un tipo de Adrian Brody, lástima que pasado de vueltas, no se podía decir lo mismo de los amigos del novio. Obviamente, Gaya se había llevado la mejor parte. Aunque Petra, desaparecida la mayor parte de la noche parecía haber encontrado su midi orange. A medida que avanzaba la noche, la cosa se ponía peor. Los insistentes cada vez apretaban más, así que había llegado el momento de desaparecer, ahora o nunca. Últimos bailes de los novios. Primero con vendas en los ojos dentro de un circulo de velas que formamos entre todos, después bajo un paraguas con dibujo escocés que llenamos de guirnaldas y confeti. Sin duda, una boda excepcional.