04/10/2011

A ti, lector.

Siempre que prometo volver a escribir en el blog, no vuelvo a hacerlo. Así que me voy a limitar a no decirlo nunca más. De momento, he decido darle un poco de color (esto del blanco no acababa de convencerme en absoluto...) e iniciar una nueva categoría llamada “novela”. Muchos saben que llevo tiempo dandole vueltas a una historia en mi cabeza. Una historia a la que ya empiezo a darle sentido y ponerle palabras, pese a ser un completo caos. Cuando me preguntan –lógicamente- “¿de qué va tu novela?”, una ola de incertidumbre, pánico e inseguridad se apodera de mi, haciéndome articular onomatopeyas varias como “Mmm…”, “Eeeeh…”, “Ñññ…” He intentado escribirla -como se suele decir vulgarmente- “a pelo”. ¡No funciona! Siguiendo los consejos de más de un amigo, he ordenado la acción en la estructura clásica -que todos conocemos- de I-N-D (Introducción, Nudo y Desenlace). Parece que tampoco funciona del todo, pues -a parte de no tener claro el final- la historia cada vez se me antoja más compleja de lo que en principio parecía.

He construido los diferentes personajes en fichas individuales, lo cual me ha llevado a crear 16 caracteres diferentes a los que tengo que llegar a conocer como si fueran 16 vertientes de mi propia personalidad. Creo que no hace falta que me defienda alegando que inventar 16 nombres, 16 vidas, 16 personalidades y relacionarlas entre ellas, no es tarea fácil. Por lo que, he configurado una especie de mosaico, a modo de árbol genealógico, en la pared de la habitación de invitados -reconvertida en trastero/sala-de-juegos/despacho- de casa de mis padres. A cada personaje le he asignado una cara conocida –físicos compatibles con los que navegan por mi mente- y he cosido sus fotografías -unas a otras- con hilos de diferentes colores para clarificar la relación entre los diferentes perfiles. Si alguien ha visto la primera temporada de la serie Heroes -no recuerdo haber pasado de la segunda- reconocerá rápidamente la idea de “mosaico de personajes” (sí, soy un poco flipada, lo reconozco). Varias hojas de libreta con nombres, flechas, cronologías y otros dibujitos más tarde, me han llevado a, como mínimo, alumbrar el camino de mi historia. Pues estrujarme el cerebro leyendo sobre astrología, ocultismo, sociedades secretas, qabala, filosofía y otras disciplinas poco científicas, tampoco me llevaba a ninguna parte. Todo lo contrario, me alejaba cada vez más de la realidad. No se puede pretender saber mucho de todo, ¿no? Mejor aprender un poquito de cada sobre la marcha. Ése es un buen consejo.

Lo que sí he conseguido a la perfección es configurar un magnífico plan de marketing para dar a conocer la novela una vez esté acabada. ¡Toma ya! Tengo un plan sin fondo, para variar. Ese es mi problema, ya estoy pensando en el final sin haber empezado por el principio. Así que, como me creo eso de que “nadie nace aprendido” -aunque algo se te de mínimamente bien- me he acogido a la ley de “aprende de los grandes” –gracias al regalo de otro amigo que de historias también entiende. Así que he hecho el ejercicio de pensar que si fuera el encargado de una librería no tendría ni idea de cual seria la estantería en la que habría de colocar mi historia. Mal vamos. Novela… ¿fantástica? ¿histórica? ¿policíaca? ¿detectivesca? ¿criminal? ¡Debería existir una estantería que englobara a todas ellas! Pero como no es así -y obviamente no me vendría nada mal aclarar mis ideas, al menos, en cuanto a fondo y forma- he llegado a la conclusión de que si todo comienza con un asesinato, la novela negra debería ser mi estantería. 

Fotograma de The Big Sleep ("El sueño eterno", 1946) de Howard Hawks, con Humphrey Bogart y Lauren Bacall, inspirada en la novela de Raymond Chandler de 1939.
 
H.R.F. Keating –el regalo de mi amigo “conocedor de historias”- dice que los escritores de novela negra acuerdan un pacto especial -e invisible- con sus lectores: 
“Yo, el autor, me comprometo a considerar, antes que nada, a ti, lector. Yo te entretendré, y lo haré con el relato de un crimen, ya sea haciendo hincapié en aquel que rompe todas las reglas o en aquel que consigue que se cumplan”. 
Porque si algo está claro es que a todos –y me incluyo- nos gusta conocer lo exactamente opuesto a nosotros. Como dice Keating, si fuéramos totalmente libres, lo que nos gustaría, si pudiésemos, es romper con todas las normas que sabemos establecidas y necesarias. De ahí surgen los transgresores de la ley y los héroes –o antihéroes que me gustan más- que devuelven el orden, o, en estos casos, resuelven el misterio alrededor de uno o varios asesinatos. Pero, lo que más me fascina de todo ello, es que detrás de ese pacto tácito con el lector se esgrime otra máxima dirigida a él todavía más interesante y “casi imperceptible”, en palabras del maestro: 
“Y de paso, sin que lo notes, puede que también te cuente algunas cosas sobre este mundo en el que vives”.
Esto es todo lo que, por el momento, puedo –y me veo capaz- de adelantar acerca de mi historia. Y como no puedo asegurar que vuelva a escribir por aquí próximamente, simplemente añadiré que, como en la vida misma, todo está pensado y nada está escrito. Pero una vez encuentras el sentido y el motivo, la historia se escribe sola.


06/06/2011

"Palabras" en movimiento

Hoy es uno de esos días... pocas veces me animo ya a escribir en el blog, pero... hoy es uno de esos días. ¿Qué ha pasado? He estado en Plaza Catalunya, otra vez. Pero hoy algo ha cambiado. No han sido las canciones anticapitalistas de At Versaris antes de empezar la Assemblea general -muy adecuadas para la ocasión, por cierto-, ni la 'batucada' previa en sintonía con la 'cacerolada'. Bueno, eso sí algo ha tenido que ver, pero metafóricamente.


El movimiento avanza en percusión. Se distingue por la variedad de timbres, dile voces; por la facilidad de adaptación con otros sonidos, dile ideas. Destaca por la variedad de sones que emiten sus baquetas, ell@s son las que marcan el ritmo. Guiadas, eso sí, por manos. Y cuantas más manos más ritmo, más notas. La melodía se va construyendo sola, cada vez más fuerte, más sonora; cada vez más rápida, más intensa. Hasta que te arrastra. Y entonces notas un pie, y luego el otro. Luego un cosquilleo te sube por la pierna, hasta la rodilla. Y tu cuerpo se contonea. Hacia un lado y hacia el otro. Ya eres parte de ella, estás en sintonía con la melodía. Y de pronto levantas la mano, y estás votando: por el derecho a la autodeterminación de los pueblos, por la construcción de una ágora permanente en la plaza central de tu ciudad, por un espacio de intercambio político libre, por una dinámica de actuación única en tu historia.

Y sí, en la plaza has visto a un punky bailar al son de los timbales con los ojos desorbitados; a un grupo de gente fumando porros, y dos y tres y cuatro; a otr@s tant@s comprando birras a los lateros; y un tío de Burkina Faso ha intentado ligar contigo... Y has hablado con él educadamente. Y le has preguntado por su vida y por qué estaba allí. ¿Y qué? Antes, mucho antes, has estado con la Comissión de Comunicación -porque todo el mundo puede hacerlo- que te ha contado cosas: de cómo se organizan, de qué discuten, de porqué siguen luchando, de qué piensan hacer a partir de ahora… y ha respondido -como ha podido- a tus mil preguntas (en un artículo para el próximo número de laPágina0). Porque no tienen respuestas para todo, porque precisamente eso es lo que están buscando, en lo que llevan trabajando día tras día, semana tras semana en Plaza Catalunya. Deben encontrar las palabras adecuadas, consensuarlas y escribirlas. Nada fácil. La Acampada ya es un símbolo. Al igual que su plaza, "la plaza del pueblo". Hoy han decidido en la Assamblea general deshacer la acampada nocturna y reducir las assembleas a tres por semana (martes, viernes y domingo). Porque tienen que mirar hacia adelante, porque han superado una etapa. Porque hay que saber gestionar una victoria. Y ellos han ganado mucho. Pero es todavía más lo que les queda por ganar. Una decisión muy valiente, en mi opinión, difícil de tomar y de proponer. Pero se ha hecho usando el sentido común. Indignados sí, pero con responsabilidad. Así que el movimiento contínua, la Acampada sigue con más luz que nunca.

Aún recuerdo el ruido de aquel helicóptero revolotenado sobre la plaza. A los montones de gente alrededor intentando acceder a ella frente a unos tipos de azul, enmascarados -más bien encasquetados-, sin cara ni voz, armados hasta las cejas impidiéndoles el paso. Algo hierve ahí dentro. "Están haciendo limpieza", ¡qué gran eufemismo! Digno de fantoches y genocidas. Una chica se baja los pantalones delante de una cámara de televisión; tiene marcas en las piernas y en la espalda. Los Mossos de Esquadra la han aporreado. "No nos pegues, ¡únete!", corean tant@s otr@s. Pero no ellos no hacen nada: cumplen órdenes. Llegan, pegan y se van. Qué pena.



¿Qué ha cambiado desde el 27M? Todo. Las zonas de acampada están más definidas, el centro de la plaza está más libre para transitar. Las huellas escritas de los indignados colgadas alrededor de la plaza han desaparecido, pero dentro hay cada vez más. No hay proyectores, ni tantos ordenadores. Pero sí más voluntarios que se prestan a lo que sea. La plaza se reconstruye físicamente, logísticamente y estructuralmente. ¿Políticamente? No ha cambiado nada. Los palos los han hecho más fuertes. La palabra ahora es "continuidad". Me gustan sus dos definiciones: 'Unión que tienen entre sí las partes de un todo continuo', como la historia; 'Duración o permanencia de una cosa sin interrupción', como un movimiento. Dos nuevas palabras: "historia" y "movimiento". Entonces te preguntas: ¿Quién no querría formar parte de esto? ¿Cómo puede ser que no hayamos venido antes? ¿Servirá de algo lo que se hace aquí? ¿Y lo que yo haga aquí? Si tu también te lo preguntas, pásate. Entonces, habla.


25/04/2011

Domingo de Resurrecciones

Vaya... me dirigía a escribir unas palabras acerca de mi metafórico -y último- accidente de moto, después de casi tres meses sin hacerlo, cuando caigo en la cuenta de que, precisamente, hoy es Domingo de Resurrección -o lo ha sido, pues mi pequeño Mac marca ya las 0:26. Interesante paradoja, pienso. No es que sea muy devota y no me van mucho los melodramas -de hecho los detesto- por lo que no voy veniros ahora con nada en plan “he vuelto a nacer” o “casi me va la vida en ello”, pero me ha parecido bastante curioso destacar la coincidencia. Pues ayer, 24 de mayo, reviví mi actividad social nocturna -después de casi tres semanas inactiva- y hoy, madrugada del 25, revivo mis acciones literarias “internáuticas”. De modo, que me doy la bienvenida a mí misma, en el día de mi Resurrección envuelta en mi propia sábana blanca. Porque lo mejor que me ha traído mi accidente con un camión repartidor de prensa diaria -aparte de una magnífica cicatriz de 8cm y una docena de puntos, policontusiones y esguinces varios en brazo y cadera, además del regodeo de mis seres queridos, o no tan queridos, por haber sido embestida por el principal método de distribución de mi enemistada profesión- es lo que algunos llaman “don”. Según el diccionario real aquella "gracia especial o habilidad para hacer algo”; según la Iglesia, virtud otorgada por el Espíritu Santo. Divina o no, la buena escritura es una cualidad de la que muy pocos pueden presumir. Y como yo todavía no puedo, al menos, he decidido volver a intentarlo. Así que me he puesto a "Reescribir" resucitando la novela que empecé con tantas ganas y con tan poca constancia y dedicación -otra paradoja, pues sin ellas, cualquier “don” es un “non”. Así que ahí lo dejo, no sé bien si como dato, apunte o más bien amenaza -pues puede que al terminar tenga que usar la coacción para que alguien me preste un poco de atención. ¿Será mi “altercado” con la prensa tradicional el primer indicio de mi pronosticado efecto mariposa? Dicen que hay que hacer lecturas positivas de todo... no te jode... ¡Pues, ala! Ahí está la mía... Y, por supuesto, no cabe duda, laPágina0, seguirá motorizándosecada mañana hasta la acogedora cueva donde se erosionan sus reportajes y se filtran sus claras y oscuras aguas, ¡faltaría más!

26/01/2011

La historia de una pequeña mariposa

Había una vez una pequeña larva, movida y testaruda, que pronto se convirtió en una larga, redonda y vistosa oruga. Sus alegres colores advertían de su posible toxicidad, de modo que poco a poco fue abriéndose paso entre las hojas, evitando los peligros que se encontraba de camino al árbol donde debía plantar la semilla de su madurez. No fue un pasaje fácil, pero si de lo más enriquecedor. La oruga se fue cruzando con otros insectos, de los que fue aprendiendo lo mejor de cada uno. La mosca le enseñó la importancia de sus raíces, del imaginario popular al que pertenecía y que no debía olvidar. Pero también le contagió el defecto de la obstinación y la terquedad. Del insecto palo aprendió a camuflarse entre los demás, a comportarse de manera que la aceptaran en el mundo vegetal. Aun así, la oruga sabía que algún día sería diferente, que destacaría por encima del resto por su belleza y esplendor, pero ese momento aún no había llegado. El camaleón le transmitió el arte de cambiar de color según las circunstancias, la destreza con la lengua -rápida y mortal- y la habilidad de ver todos los puntos de vista posibles. Con la rana hizo amistad. Aprendió a divertirse, a reírse y hacer reír. El abejorro la encandiló hablándole de soledad, de independencia, de identidad. Y la abeja obrera le habló de sociedad y de jerarquías, pero a ésta no le prestó tanta atención. Sólo cuando habló su reina, los oídos de la oruga se agudizaron. Había presenciado toda una instrucción de liderazgo. La avispa, sin embargo, le causó curiosidad. Todo un ejemplo de integridad y honestidad al verle asumir las consecuencias de sus actos. El aire cosmopolita que ésta desprendía la entusiasmó con un aire de modernidad e interés por el mundo. Lo mismo que sintió al notar los bigotes de aquel enorme felino que le olisqueó interesado por sus brillantes colores y el contoneo de su cuerpo al ascender. Era un explorador nato, sin miedo a descubrir nuevas experiencias. Todos allí habían tenido alguna historia con el gato.

Después del encuentro con el grillo se dio cuenta de que una sombra gris le acompañaría siempre. Era algo llamado conciencia. Con la araña supo cómo evitar caer en la trampa del depredador, a no dejar que el veneno le infectara las entrañas. Pero también a tejer refugios y a dejarse llevar por el viento. La mantis religiosa la adiestró en la maestría de la atracción y le mostró el poder de la lujuria, capaz de aniquilar al más sensato. El caracol la introdujo en el autoaprendizaje y la autoprotección. También le enseñó algo de cautela. El saltamontes le dio unas lecciones de agudeza e intuición. “La inteligencia es el don de los supervivientes”, le dijo. A lo que la cucaracha, añadió: “piensa, resiste y sobrevivirás. Confía en tu instinto”. La salamandra vio fuego en sus ojos. Y le hizo prometer que aprendería los secretos de la alquimia para lograr desprender su magia interior. Un buen día vio pasar un enorme animal al que llamaron águila, todos hablaban de ella, de su libertad y de la amplia visión que debía tener desde las alturas. Entonces la oruga decidió que quería ser como ella. Alguien le había dicho que cuando llegara al árbol, aprendería a volar. Y sería más bonita que cualquier otro ser alado. Que no tendría nada que envidiar a la libélula, ni en elegancia, ni en perfección, ni en armonía.

En su último tramo, las hormigas instruyeron a la oruga en la técnica del trabajo, de la persistencia y la perseverancia, y la educaron en el sentido de la comunidad, del compromiso y de la responsabilidad. Al final, ya en la última hoja, cuando se alzaba entre malabarismos para sentir el roce agrietado del tronco, sintió una voz que nunca fue capaz de describir. Estaba en las hojas, en el tronco, en la brisa... en todo su entorno y en sí misma. Entendió que existe un propósito, un significado universal en todas las cosas y en su propia existencia. Pero no le puso nombre. Entonces descubrió un sentimiento nuevo: la esperanza. Y dejó que ésta le acompañara siempre. Se aferró a aquel tronco como si le fuera la vida en ello. Se arrastró y se arrastró con fuerza y tesón hasta tocar el punto más alto, en el que las vistas fueran las mejores. Entonces reposó en su rama. Se dejó envolver por secreciones sedosas que ella misma emitía. Y cuando se dio cuenta estaba dentro de un cascarón del que ya no podía salir. Se había convertido en una crisálida. Había empezado, lo había logrado. Unos lo llamaban metamorfosis, otros, mutación y algunos, simplemente, transformación. Sentía todo el cuerpo cambiar, el alma agitarse. Abría los ojos pero sólo había oscuridad. Al cabo de unos días, todo se calmó, la crisálida estaba en paz. Permanecía en una especie de trance inquebrantable, hasta que la pupa se agrietó. Y la cabeza de una pequeña mariposa se asomó al exterior. Posó sus nuevas e insignificantes patitas sobre la rama y agitó sus frágiles alas enérgicamente, como si acabara de despertar de un largo sueño. Aquel lugar que había escogido era sin duda el más maravilloso que había visto jamás, pero también el más peligroso. Se sentía hermosa y poderosa, pero tenía miedo. Quizás había apuntado demasiado alto. Aún tenía que aprender a volar. Y le quedaba mucha fauna por descubrir y con la que ejercitarse. En ese mismo instante recordó que alguien le dijo una vez que no creyera a aquellos que le dijeran que su virtud era efímera, porque en realidad gozaba de un poder sobrenatural. Un poder capaz de traducirse en la teoría de caos. El simple aleteo de una mariposa podía provocar una tormenta. Así que cogió aire y se lanzó al vacío.

17/01/2011

11/2/11


Entre gajo y gajo de mandarina pienso en aquello de "Año nuevo. Vida nueva", máxima que acaté ya en septiembre del año pasado adelantando unos tres meses mis propósitos para 2011. La ciudad donde recibí mi "nueva vida" no fue otra que Nueva York. Un viejo sueño y una gran decepción -cuestión de expectativas e ilusiones adolescentes, supongo. Aún así, fue entonces cuando dejé de fumar, me despedí del trabajo, volé a "yuesei", fui a un partido de los Yankees, le hice los coros a una enorme negra adicta al whisky en una jam sesión en Greenwich Village y me hice una foto frente al skyline the NYC. Luego volví a la tierra, me apunté al gimnasio y me convencí de que era capaz de montar una revista digital de reportajes alternativos para revolucionar el periodismo arcaico que nos arrastra. Conseguí al loco que siguió a la loca. Hice un Business Plan de esos que están tan de moda. Tres mentes y más gintonics para sacar EL NOMBRE. Y aquí estamos, a poco menos de un mes de lanzar laPágina0. Así es: 0 (cero). Porque es un inicio, un concepto periodístico nuevo, que parte de 0 con gente que cobra 0. Porque tiene 0 presiones, 0 intereses. Porque dispone de 0 logística, 0 material de explotación. Sin redacción ni fecha fija de publicación. Sin un número determinado de colaboradores. Porque es .0 (punto-cero) y el 0 es su punto de partida. Porque la 0, es la página que nadie tiene. Me gusta la idea. Al menos nadie podrá decir que no está bien pensado... Ahora los reportajes van llegando, los artículos se van puliendo y el logo se va cerrando. Eso sí, la incertidumbre, la adrenalina, el miedo y la vanidad siguen ahí, como asignaturas pendientes de 2010. Que sólo el Yoga hace desaparecer unas horas dos días a la semana y que vuelven cada mañana con el despertador. Y en el calendario cada día igual: un 11 y un 2. Un 2 y un 11. Si hay que poner una fecha, al menos que de guerrilla, que eso es lo que vende. Me quedo así con el 11/2/11 y sigo sin fumar, voy al gimnasio, como sano y sigo pensando que: New York no era para tanto...