Samedi 5
He acudido a la boda más larga de la historia. Ya sabía de antemano que en el país galo las bodas podían durar hasta tres días, pero intentar concentrar esos tres días en uno ha resultado extremadamente agotador. El pueblo de Vitré estaba a nada menos que 45 minutos de la Marjolaine. La ceremonia nupcial comenzaba a las 10h, de modo que todo el mundo debía estar a las 8.30h en el hall del hotel esperando a Tatiana, la traductora ruso-francés/francés-ruso. Yo ya había abandonado desde ayer todo intento de hacerme entender en inglés, así que Petra me hacía de traductora particular (francés/ruso-inglés), además de prestarme el secador de pelo, maquillaje y demás. De camino a Vitré me dormí, para variar. El conductor no encontraba el modo de llegar hasta la iglesia hasta que vimos pasar un citroen 600 de color rojo a toda velocidad, con un cartelito de “just married” en la parte de atrás, del que colgaban algunas latas de redbull para hacer el ruido preciso para la ocasión, además del uso de un claxon, más oportuno para un partido de futbol que para una boda. Era el novio, que quería llegar el primero. Les seguimos y encontramos e templo. Al poco rato, llegó la novia en limousine. Un día esplendoroso. Una iglesia, preciosa. El pasillo que marcaba el camino al altar se limitaba por un ramillete atado en cada uno de los bordes de las sillas a cada extremo. Esta vez no fue la novia, sino los invitados los que hicieron esperar.
Por fin entró Wil junto a su madre, vestida de rosa fucsia con un sombrero beige a juego con los zapatos. Traje gris a rallas impoluto, camisa, chaleco y pañuelo de un blanco roto, Wil esperaba ansioso la llegada de su mujer (casados ya hace un año por lo civil querían regalar a sus padres la boda que todos ansiaban). Los familiares de Gaya miraban alrededor curiosos, son ortodoxos, por lo que la tradición católica les parecía un tanto peculiar. Pasaron los niños con las arras. Sonó una melodía conocida y se dio el momento más esperado del día. A ritmo de moby, con su canción de la película La Playa, Gaya se aproximaba del brazo de su padre, Sir Avanesayan. La corbata blaugrana le daba un toque alegre y sombrío, al igual que su rostro, divertido y espeluznante al mismo tiempo: ojos bien abiertos, mirada intensa, como enfurecida y emocionada a la vez, sonrisa de lado a lado. Nunca vi a ese hombre con otra expresión. El rumor del gentío se hizo sonoro, la novia se hizo notar. Después de probarse decenas de vestidos y no convencerle ninguno, Gaya había decidido diseñarlo ella misma y llevarlo a un sastre. El resultado, espectacular. Original, ostentoso y brillante, como ella. Un ancho velo, sostenido en una kiara con brillantes svarovski (que adornaban también el resto del vestido), le cubría la cara. La ceremonia fue larga pero nada pesada. Salmos cantados por dos francesitas con voz angelical animaron la misa. El momento de lo anillos fue el más emocionante. Aplausos y más aplausos. Puedes besar a la novia. Un beso largo y dulce. Vivre d'amour!
Fotos y más fotos con los novios antes del aperitivo en la parte de atrás de la iglesia. Un patio de paredes viejas y columnas desgastadas, suelo de piedras (terrible para toda alma con tacones) y una mesa cuadrada con champaigne y canapés. Nos dieron las 14h en aquel magnífico lugar.
De vuelta a La Marjolaine perdí a Petra. Pensé que debía volver en la limousine con los novios y los mejores amigos de ambos (muy equivocada estaba, la vi llegar en el fabuloso 600 rojo y me morí de envidia). A la sombra del castaño, otro aperitivo antes de comer. Más champaigne y pastitas saladas, momento de comentar la ceremonia. Los franceses, o al menos los bretones, son más parecidos a los españoles de lo que me pensaba. Alegres, dicharacheros, un tanto escandalosos y calmados. Sin prisas. A la media hora nos dieron paso al salón del convite. Temática muy adecuada para la ocasión: un guardia con chaqueta roja y casco oscuro y peludo daba la bienvenida, un cabina telefónica también roja, en los cristales cuadriculados de la cual podían consultarse las mesas asignadas a cada quién. London, escenario idílico para Gaya y Wil, estaba presente en cada rincón. Mi mesa se llamaba Zoo bar, haciendo honor al local que más visitamos durante nuestra estancia en Inglaterra. Entre nosotros quedan aquellas fiestas locas entre estudiantes y tantos secretos que guardar. La comida exquisita, el postre más aún. Y el pastel, inolvidable: un Big Ben de caramelo de metro y medio.
Durante toda la tarde, amigos de ambas familias nos deleitaron con juegos sobre los novios y performances varias. Un hombre y su guitarra hacía las veces de conductor como de actor. Una mujer, con más entusiasmo que oído, nos acompañó durante el café con su versión particular de la Vie en ruge, mientras otra tocó el saxofón con un nivel amateur digno de admirar pero difícil de escuchar. Cuando empezamos a preguntarnos en qué momento se apartarían las mesas para dar paso al baile, nos comunicaron que la orquesta no empezaría hasta las 20h, faltaban dos horas. El vino hizo de las suyas y algunos de nosotros decidimos subir a las habitaciones a echar una cabezadita antes de cenar, mis pies empezaban a echar humo. Tacones altos, piernas estilizadas, pies destrozados. Al rato volvimos a encontrarnos todos bajo el castaño. Era casi imposible intentar cualquier tipo de comunicación con los demás invitados, la barreras del lenguaje eran agotadoras. Todos sabíamos que había que esperar a que corriera el alcohol. La cena era un buffe, apenas comí. Un poco de jamón serrano con pan (sin tomate a mi pesar). Y de postre chou à la creme. Deliciosos pastelitos de crema.
La sala de fumadores, es decir el exterior, se convertía en lugar de tertulia y acercamiento intercultural. Entre gestos y medias palabras unos y otros intentábamos intercambiar algún tipo de impresión. Algún que otro confundido creyó que tirarse un pedo en medio de un intento de conversación era la mejor manera de establecer algún tipo de contacto. Obviamente, algo totalmente contraproducente. Mientras, otros probaban con una especie de flirteo de todo menos sutil. El bollo al hoyo. La orquesta comenzó, pero el alcohol nunca llegó. El vino somnoliento y el champaigne aburrido, dieron paso a la sidra. Dulzona y pesada. Entonces se hizo la luz y un surtidor de cerveza apareció de la nada. Beberla en copa no fue lo peor; tener que escuchar todo el repertorio de las míticas canciones de pop y rock de todos los tiempos versionadas en francés, sí lo fue. No obstante, nada de lo que pasó aquella noche fue aburrido en absoluto. Wil y Gaya divertidos y muy poco borrachos, para eso ya estaban sus amigos completamente fuera de sí. Lo habían preparado todo con tanto ahínco que cuando les llegó el momento de disfrutarlo se les fue la mano, en todos los sentidos. En su defensa tengo que decir que el elenco de amigas de la novia era de bastante nivel y al no poder cruzar una palabra había que intentar el acercamiento mediante otras tácticas, adecuadas o no. Exceptuando a un tipo de Adrian Brody, lástima que pasado de vueltas, no se podía decir lo mismo de los amigos del novio. Obviamente, Gaya se había llevado la mejor parte. Aunque Petra, desaparecida la mayor parte de la noche parecía haber encontrado su midi orange. A medida que avanzaba la noche, la cosa se ponía peor. Los insistentes cada vez apretaban más, así que había llegado el momento de desaparecer, ahora o nunca. Últimos bailes de los novios. Primero con vendas en los ojos dentro de un circulo de velas que formamos entre todos, después bajo un paraguas con dibujo escocés que llenamos de guirnaldas y confeti. Sin duda, una boda excepcional.