05/07/2009

Marketing de uno mismo

Dicen los entendidos que cada uno debería ser capaz de definirse a si mismo en 20 palabras para causar el mayor impacto posible. Esto es aplicable a toda relación interpersonal, des de las entrevistas de trabajo y las relaciones sociales –ya sean familiares, amistosas o amorosas- hasta el primer encuentro con un desconocido. ¿Pero cómo venderse a uno mismo cuando sueles estar más pendiente del límite de tus capacidades que de lo que realmente se te da bien hacer? Pues bien, tengo una amiga con un gran talento para esto del marketing que me dio una inteligente lección de cómo venderse a los demás y de que éstos te compren, o lo que es lo mismo, de cómo ganarse la simpatía de aquellos que te interesan. Porque al final, todo es una cuestión de intereses.

La observación es la primera de las fases. Analiza bien a tu cliente potencial para saber a quién tienes que convencer. Su forma de actuar, lo que le hace feliz, lo que le cabrea, su profesión, sus hobbies, sus objetivos en la vida, su manera de vestir y hasta la música que le gusta escuchar son factores determinantes. Luego, explota al máximo aquellas cualidades que la gente que te rodea valora de ti. Si eres extrovertido también eres auténtico, natural y divertido; y si eres reservado, también eres interesante y sensato. De modo que la clave está en utilizar de forma positiva todo lo que en algún momento puede resultar negativo en tus relaciones con los de tu especie. Y sobretodo ten presentes el cómo y el dónde se va a dar la operación. El contexto de la acción es fundamental para interpretar el estado físico y mental del otro -y así entender lo que desea- antes de operar en consecuencia. Para ello, es esencial usar aquellas dotes que te caracterizan como miembro de esa comunidad a la que llaman humanidad: persuadir, enamorar, aprovechar la vulnerabilidad del otro (aunque a primeras suene mal), tener sensibilidad y ser fiel al compromiso. Entonces, actúa según esa persona piensa que actuarás, vende el producto que quiere comprar en el momento y lugar en el que está. Es lo que se conoce como “compra en el punto de venta”.

No nos confundamos, la cosa no consiste en intentar ser lo que no somos, en dejar la personalidad a un lado y hacer lo que quieran o esperen los demás. Es cuestión de cumplir unas expectativas para recibir algo a cambio: el interés, la razón que nos ha motivado a vendernos a la persona en cuestión. Para conseguirlo, lo primordial es que uno sea consciente de quién es, de quién quiere ser y de cómo quiere ser percibido por los demás. Porque tendemos a pensar que el papel que desarrollamos, o la imagen que tratamos de dar, es el mismo que reciben los demás. Y no es así. No debemos olvidar que las relaciones son bidireccionales, el que vende también compra. Por lo que el cliente potencial es vendedor ineludible al mismo tiempo. Es como una contienda de egos pero de manera positiva, porque al final los dos quieren lo mismo: cerrar el deal, dicho de otra manera, dar y recibir lo que a cada uno le interesa sin perjudicarse mutuamente. Puede esta lectura resultar un tanto makiavelica, pero es todo lo contrario. El objetivo es que ambos salgan ganando. Siempre debe resultar una experiencia enriquecedora e ilustrativa para todos los actores. Ahora si, como dice el refrán no es oro todo lo que reluce. El producto, llámenle personaje, que creas puede ser acorde con la realidad o no, como sabemos, todo depende de lo que te interese. No es tan fácil estar a la altura de las expectativas que uno crea en los demás, hay que estar atento y atenerse a las consecuencias. En el tablero de juego el mínimo siempre son dos. Si uno decide pasar por encima del otro y jugar sólo, el resultado es totalmente contraproducente: decepción, desprecio e indiferencia, esperando no caer en la aversión. Por lo que el respeto y la humildad nunca pueden perderse.

En cuanto a la competencia, nunca y repito nunca hay que intentar combatirla, aunque si superarla, pero ahí ya entran otras armas fuera del engaño del marketing: las verdaderas y únicas de cada individuo. Lo que hay que encontrarlas dentro de uno mismo y ser capaz de que el otro las acepte tal y como son. Y ese es el kid de la gran utopía del ser humano: la búsqueda de felicidad. Al menos en la teoría, las relaciones entre humanos son eso: entendimiento, comprensión, intercambio y felicidad. Ya estamos listos para comernos el mundo. Ahora sólo falta encontrar las 20 palabras…

2 comentarios:

Paula Mena dijo...

Pura verdad...pero recuerda: nunca 20 palabras pueden describir los matices de personalidad de cada uno, puedes ser descrito con exactamente las mismas 20 palabras que otra persona! pero seréis diferentes. Lo que os diferenciará?
Pues será el grado de buen uso de esas cualidades para conseguir lo que queréis, y por encima del interés (aunque sea positivo), LA META SIEMPRE ES CREARSE UN MUNDO entorno a uno mismo para ser feliz... (siempre hay aquellos que distan demasiado de la realidad, claro!)

Además, hay una de esas 20 palabras que TODOS tenemos en común: DEPENDIENTES.

Dependemos de los demás no solo para sentirnos mejor algunas veces, sino para saber, esperar alguna noticia, comenzar un trabajo o actividad, para no sentirnos solos, para sobrevivir (económicamente también,jaja), para compartir ideas y no morir solos con ellas y sobretodo, para ser comunitarios, que es lo más enriquecedor...Algún día hablaré yo de lo que aprendo yo contigo... ;)

Pauli

ADA dijo...

Ahñi queda eso... más claro: el agua! ;)