09:30. Debería haber llegado ya a París, pero aquí estoy esperando a despegar. Después de un semana de nervios e incontinencia rectal, empiezo mi viaje, así me gusta llamarlo puesto que es la primera vez que viajo sola, hacia un lugar extraño para mí: la France. Teniendo en cuenta el comienzo frustrado, con pérdida de avión incluida (no salía a las 09.15 sino que llegaba) y el disgusto pertinente, me he despedido de mi madre, que siempre me lleva y nunca me acompaña (mama, un día de estos te voy a llevar conmigo), dejando atrás estos últimos meses de apatía, estrés y mal humor. El número de gente que entra en el avión empieza a descender, lo veo venir, muy amablemente: “Por favor señorita, los aparatos electrónicos no están permitidos durante el despegue...”. Habla el comandante. En París... está nublado. Nada más llegar al aeropuerto de Orly se me ha roto una chancla. Imaginen la escena: yo en camisola, pantalón corto y chanclas, el gorrito blanco (no se me vaya olvidar), con la maleta, la mochila a cuestas y el traje de la boda, en una de esas bolsas especiales para colgar, y de repente: PA! Pie en el suelo y chancla de pulsera tobillera! Ahora cámbiate de ropa, de zapatos y coge un chaqueta porque tiene pinta de refrescar.
Segundo round: coger el tren/metro/bus hacia París para llegar a la Estación de Montparnasse. Cojo el tren y luego el metro. Uf, casi pierdo el vestido... Exceptuando un par de vueltas absurdas y la compra de un segundo billete inútil, me desenvuelvo sin problemas. Hasta he hecho un transbordo. Llego a Montparnasse una hora y media antes del tren que me lleva a Laval. Está a reventar de gente. Una vez imprimidos los billetes, después de pasar por tres casetas de información, me compro un bocadillo (4.30€) y una agua (2.70€) y salgo a tomar el aire fuera. Nada más salir, caen cuatro gotas y se pone a llover en cuestión de segundos. A la vez, me llama Gayane, la novia. Que me vienen a buscar a la estación, a mi y a tantos otros más invitados a la boda, que habrá un bus que nos llevará directos al hotel. “Qué bien, una cama”, pienso. Me guarezco para fumar un cigarrillo. Me ofrecen un diario tipo “la farola” pero a la francesa. Le hago gracia al chico de los periódicos porque soy española y se pone a cantar con un acento muy peculiar, como de Europa del este. Me vuelvo al interior a controlar la hora de salida, como tengo tiempo me compro dos paquetes de tabaco (5€ cada uno). Cojo el tren, parada en Le Mans (mierda, el vestido otra vez) y cambio de tren dirección Laval. Allí me espera Wilfrid, el novio, ya se han ido todos los demás. La boda es en Vitré (Bretagne), pueblo natal de Wil, pero el hotel donde dormimos los invitados “de fuera” está en la carretera entre los dos pueblos. Se trata del mismo lugar dónde se celebrará la boda: La Marjolerie. Camino del hotel hablamos de estos últimos 3 años: Gaia se vino a Francia con él nada más volver de Londres, primero Lyon y luego París donde alquilaron un piso. Ahora él trabaja en una empresa productora de quesos y ella espera recibir “la carta” para poder trabajar.
La Marjolerie es preciosa. Puedo ver 3 casas alrededor de una explanada verde con un gran castaño centenario en medio, está llena de mesas y sillas, ¿para el convite?, me pregunto. Saludo a los padres de Wil, “bonjour, enchanté”, y de Gaya, “hello, pleased to meet you”, vaya... no hablan inglés, sólo ruso... creo que este fin de semana va a ser muy divertido. Enseguida sale Gaya de su suite espectacular, es un pequeño apartamento de dos pisos estilo antique maison. Oigo: “my roomieeeeeeee!!” y corro hacia ella, incapaz de cerrar la puerta de su maison. Viví con Gaya durante 6 meses, en Warwick Avenue, al norte de Londres. Compartimos habitación con Pamela, nuestra loca italiana que no puede venir porque está embarazada de 8 meses y medio. Me presenta a Petra, checa, su compañera de estudios en Lyon, quién será mi nueva roomate durante el fin de semana. Me saluda con una amplia sonrisa. Tiene un belleza peculiar: pelirroja, ojos cristalinos y muchas pecas. Por suerte, su inglés es perfecto. Gaia nos deja para ir a le saloon con la madre de Wil. Nuestra habitación, la 17, es acogedora, nada kitch como me hubiera esperado. Petra me explica una historia sobre unos bichos chupasangres que habitan en las camas francesas. Polillas, le digo yo. No no comen personas, me especifica ella. Me pregunta si me apetece tomar algo. Con la mirada fija en mi cama de metro y medio, que muy amablemente me ha cedido, le miento: “yes, of course”. Vampiros o no, me moría de ganas de tumbarme unos minutos. No hay bares a menos de un kilómetro a la redonda, así que vamos al hall del hotel. Los allegados de Gaya ya han ocupado las mesas y sillones de la entrada, pero nos ceden un sitio a cada una. Beben cerveza, los hombres, y martini blanco, las mujeres. Petra las sigue, yo me muero por una birra bien fresquita. Sólo han venido 3 parejas y la hija de una de ellas por parte de la novia. Margarita, así se llama la hija de uno de los mejores amigos del padre de Gaya nos cuenta qué hace en Moscú, cuántos idiomas habla, qué carrera se está sacando ahora, lo enamorada que está de su novio siciliano... sin darme cuenta desconecto pensando en cuanto tardará en llegar el resto de la troupe londinense. Me fumo un cigarro con Wil pero enseguida le viene a buscar su padre, aún tienen mucho que preparar. Monsieur Hervagault, es todo un caballero, tiene los ojos claros y un gran lunar en la parte izquierda del labio inferior. Estoy agotada, así que decido ir a acostarme un rato antes de la cena. Llega Diliara, la primera de las rusas londinenses, faltan tres (en realidad son todo un séquito, pero a la boda no vienen más que cuatro). Me acompaña a la habitación, ella tiene la número 16, así que decide descansar un rato también. No me ha dado tiempo a cerrar los ojos cuando Petra viene a buscarme para cenar. Gaya, que ya ha vuelto, me deja anonadada con su francés, veo que ha aprovechado su estancia en Francia. Tiene que hacer de traductora entre ambas familias, que no pueden más que intercambiar saludos y brindis: ¡Santé! ¡Nasdarovia! Eso es todo, lo cual me da que pensar. ¿Si no se entienden, se llevaran mejor? Ceno poco. Foie grass con algo que me dicen que es conejo y ensalada. Buenísimo. Al cabo de un rato llega el resto de amigos de Londres: las dos Anastasias, la “blonde” (que ahora es morena) y la “brune” (que nunca lo fue); Gisela (de Barcelona) y su novio venezolano, Pepo (Fernando Andrés); y la tercera de las parejas formadas en la capital inglesa, Sonia (la última rusa) y Jean (casualidades de la vida, también de Vitré). Nunca di un duro por ninguna de las parejas que se formaron en Londres y ahora, delante de mi, tenia a tres de ellas, despues de casi tres años... Aquella rusa loca que bailaba encima del sofa una cancion que decia: if you wanna be reach, you ve got to be a bitch se iba a casar con aquel frances loco que una noche acabo en comisaria por darse tortas contra una pared. Como decia la cancion de Pedro Navaja, las vueltas que da la vida, ai... Ya no puedo con mi alma, me despido de Gaia deseándole toda la suerte para su gran día. Wil ya se ha ido con sus padres a Vitré. Ya se sabe: los novios no pueden verse antes de la boda.
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