16/09/2009

Domingo a la francesa

Dimanche 6

Me levanto no con el gallo sino con la gallinita de Petra picando a la puerta (que la noche anterior me levanté a cerrar después de encontrarme a tres individuos más que descarados entrando en mi habitación). ¿De dónde vienes a estas horas?, le pregunto burlona. Me sonríe y me dice que luego me cuenta. A la hora de comer nos vemos todos las caras otra vez (la mayoría de invitados se han quedado también en el hotel). Más de uno la esconde. Mejor, no se vaya a encontrar con más de una mirada asesina. Bufe para todos, comemos las sobras de la cena con alguna ensalada de más. Nadie habla, sólo se oye el ruido de los cubiertos sobre los platos. Después de algunos discursos por parte de ambas familias, todo el mundo empieza a partir. A Petra le acompaña un apuesto galo a la estación, parece un tipo majo. Me dice que hablaron mucho, nada más, que Guilloaum le ha pedido que se venga a Vitré a vivir que lo suyo podría funcionar. ¿Existen los flechazos? Cé l'amour.

El hermano de Wil se acerca a la mesa con el pequeño Nicolaise. Sólo tiene tres meses y unos ojazos azules que abre con curiosidad. No entiendo qué es lo que le lleva a hacerlo, pero el padre me pregunta si quiero cogerlo. Casi se lo robo de las manos. ¿Reloj biológico? Nah... Me sonríe una y otra vez. ¡Le gusto! Sin duda el mejor momento del día. Los bebés desprenden un calor peculiar, muy agradable. Y todo un cúmulo de sentimientos (ternura, amor...) e instintos (maternal, de protección...). Pronto llega la madre en busca de lo que es suyo. Se lo lleva y en mi pecho queda una extraña sensación: vacío.

Fumamos frente al castaño, las rusas y yo. Pepo, Gisela y Anastasia brune se fueron muy temprano. El olor a granja nos lleva a investigar por los alrededores del caserío. Prados y vacas a lo lejos. Un río y un camino que me trae algunos recuerdos peregrinos. Al poco tiempo se van todos las demás, primero Diliara y luego Anastasia blonde con Sonia y Jean, que vuelven a París. Me quedo sola bajo el castaño y dormida en pocos segundos. Al cabo de dos o tres horas (perdí la cuenta) vuelven Gaya y Wil, habían acompañado a la familia de ella a la estación de Laval. Enseguida nos vamos. Me quedo a dormir en casa de los padres de Wil para marchar a primera hora hacia Rennes y empezar así mi aventura solitaria. No hay sitios suficientes en los coches así que nos repartimos, a mi me toca ir con Nadiege, la hermana de Wil y madre de tres monadas que van en la parte de atrás. Parece que al hijo mayor, de unos 9 años, le hace ilusión que venga, grita mi nombre y se coge a mi cintura efusivamente. En el coche no hay sitio para nada más, por lo que la hija mediana, de 7 años o así, me inquiere: “si tu vas aquí delante y mi papa conduce, ¿dónde va mi mama? Aunque me lo diga en francés la entiendo, pero ¿cómo le respondo? Entonces entra mama, lo malo es que el niño se pone a llorar porque papa se ha ido en otro coche. A los cinco minutos duermen. Todos en sillitas de “bebe a bordo”, son como fotocopias, cabezas de medio lado, boca abierta y dentaduras precarias. La más pequeñita, Penelope, va a su rollo. Tiene solamente un año, pero aquella misma tarde ya se había llevado su primer cigarro a la boca. Los 45 minutos hasta Vitré pasan tranquilos, por suerte no me duermo, Nadiege hace todo lo posible por mantener una mínima conversación conmigo. Yo lo intento con mi francés macarrónico de tres verbos y medio.

La casa de los Hervagault es acogedora. Conserva todavía un punto rústico, sobretodo en la cocina y en las habitaciones del piso de arriba, lo que denota un cambio reciente en el mobiliario, ahora mucho más moderno, luces halógenas y sofás recostables de cuero. Está todo patas arriba fruto de los preparativos de la boda, tal y como se molestan en repetírmelo una y otra vez. Mi habitación es la de invitados: una cama grande, el piano que nadie toca y un excalestric al lado de la cama que no se ha tocado desde la última vez que seguramente el hijo mayor de Nadiege jugó. También tengo baño propio. La madre de Wil quiere que pruebe la especialidad bretona: les galletes (crepes saladas). La mía se le quema un poco, pero aún así me gusta. De postre, el Big Ben, que había quedado intacto porque Gaya muy ingenuamente pensó en mantenerlo como decoración para su piso de París. A parte de lo bien trabajado también está bien rico, pero es puro caramelo, con dos mordiscos tienes dosis de azúcar para todo el mes. Nos quedamos solos los tres y hablamos un poco del futuro, del suyo del mío... Quieren crear una línea de ropa juntos y montarse un negocio propio entre los dos. Siempre tuvieron arte para la moda, eso es cierto. So, good luck guys!