Es temprano pero me apetece visitar Vitré, la puerta de la Bretaña francesa. Compro un billete a Rennes para el mediodía por internet, desayunamos rápido (un croisant y un café) y me despido como puedo de los Hervagault, que tan amables han sido conmigo. Merci pour toute, je suis enchanté de conaicez vous... y el resto de cumplidos en inglés para que Gaya les traduzca y yo deje de pasar tremendo apuro. La primera visita es el castillo de la villa, le Chateau de Vitré, se conserva en un estado increíble y funciona como ayuntamiento. Gaya me explica que la primera vez se casaron aquí. Guillaum nos acompaña por suerte, así me da las claves históricas que necesito saber. Vitré es una pequeña villa medieval con un encanto particular, ideal para crecer, insuficiente para formarse y exquisita para el retiro. Aquí vivió la duquesa ... , es recordada por criticar duramente a su marido por sus dudosas actuaciones como rey. Me sorprende de la cultura francesa la cantidad de heroínas que tiene su historia, por algo será que su imagen de la liberté es un mujer, ¿no? Guigui me pregunta qué voy a hacer estos días por la Bretaña, le cuento mi plan y se ofrece a acompañarme. La cuestión es que tiene que ir a Rennes a ver a su hermana y que de paso pues me puede enseñar el resto, que conoce todas las ciudades a las que voy como la palma de su mano. No recibo la invitación de muy buen agrado, este es mi viaje y quiero hacerlo sola. Pero insiste y Gaya y Wil también. ¿Porqué se preocupa tanto la gente? ¿Tan extraño resulta el querer viajar sola? Muy diplomáticamente me niego, aunque excusándome no muy bien, en realidad no tengo motivos.
Damos un rodeo por las calles vitrerinas (topónimo inventado) todavía adornadas por la celebración del milenio de la pequeña ciudad. Está todo cerrado, me había olvidado de que los lunes en Francia no se trabaja. El día está soleado, “aún voy a tener suerte”, me digo a mi misma (la previsión del tiempo para esta semana era de nubes y lluvia). En la estación no puedo sacar el billete, mi visa electron no es valida (el carnet jove, no vale para todo...), voy justa de tiempo así que pedimos que nos dejen pasar. Una mujer se niega, el resto no. Aun así el ordenador de la operadora se bloquea y no me da tiempo a comprar otro billete. Corremos de todos modos hacia el tren en el que me subo mientras Wil le explica al revisor lo sucedido. Guigui me dice que me llama en un par de horas para ver por donde estoy. Se cierran las puertas. Au revoir!
Compro el billete de camino, no hay problema. Y me sale más barato (4€)! En media hora llego a Rennes. Como no he planeado nada, ni reservado ningún albergue, ni previsto ningún tipo de movimiento, me compro un plano con cuatro listados y me siento en la terraza de la crepería l'Epi de Blé a comer una gallete de jambón. Encuentro un albergue en la calle Saint Maló, cerca de la Place Sainte Anne. Esta ciudad de no más de 100.000 habitantes ¡tiene metro! Estudio como llegar y busco un plan B por si me falla el primero. La línea “a” es la más nueva, sólo tiene un par de días. Son cuatro paradas, la mía es la de Sainte Anne, la salida da a la plaza con el mismo nombre. Wow, me encanta lo que veo. Me apresuro a dejar la maleta. Encuentro fácilmente la calle del albergue pero empieza en el número 2. Compruebo el número que busco: 230. ¡Uf! A caminar. Cuando llego al 55, veo un desvío a la derecha: Auverge du Jenesse. Tiene pinta de albergue, me acerco a preguntar. Voilà! Tienen habitación (18€). Me quedo.
La chica de la recepción es muy simpática, me dice que le encanta Barcelona. Le caigo bien. Saca un pequeño mapa y me traza un recorrido. Merci beaucoup, trabajo hecho.
Rennes es una ciudad encantadora. Un Santiago (la mayoría son estudiantes) más que original. Bonita, acogedora, joven, alegre, pintoresca... podría llenar líneas y líneas con adjetivos sobre ella. La plaza de Sainte Anne es el núcleo de la zona norte, terracitas y más terracitas bajo edificios de madera coloridos y extremados. Algo me recuerda a Amsterdam, supongo que es ese aire desenfadado y pueril, esa sensación de vida fácil y amena. Caminando por la Rue Saint Michel me encuentro más bares y mas terrazas y más gente joven. Las casitas estan tan bien cuidadas que nadie diría que alguna de ellas daten de 1929. Paso de largo la catedra de Saint Pierre, aun teniendo en cuenta lo que me pirran las iglesias. Estas callejuelas me tienen completamente ensimismada: tiendas de ropa cool (donde me compro unas chaussures Victoria de color blanco, mis nuevas compañeras de viaje), de zapatos, galerías de arte y freakadas de todo tipo se entremezclan calle tras calle con casas particulares y pequeños soportales que arrinconan dos o tres puertas distintas. Por la Rue des Dames llego a la oficina de turismo, establecida dentro de lo que antes debió ser una iglesia deduzco por su aspecto exterior. Sigo caminando y aparezco en la calle Beaumanoir donde las tiendas ya empiezan a parecer más comercios. Al final, me encuentro con la Place de Mairie y su Ópera. Espectacular. Justo en frente, el hotel de Ville presume de su autonomía, incorpora el ayuntamiento. La fachada conserva un antiguo instrumento, parecido a un órgano (por su sonido y mecanismo), que sirvió para hacer anuncios a la ciudad. Cojo la calle de en medio para llegar a la plaza del parlamento. Sí señor, la región bretona tiene parlamento propio, como en su día tuvo gobierno propio. Las boutiques empiezan a tener nombres conocidos. El edificio de Les Magazems Modernes, por ejemplo, ha sido invadido por Virgin. Me cruzo con la Rue Le Fayete (no será como el conocido boulevard de París pero tiene su encanto). Se acaba la Rue Salomon. El Palais du Parlament de Bretagne es imponente, lástima de las obras que impiden el paso y estropean la foto.
Si giro a la izquierda por la Rue Victor Hugo y tuerzo a la derecha por Cont. de la Motte llegaré al parque. Me han dicho que hay una piscina de mármol espectacular justo en la encrucijada de estas dos calles, me he dejado el bañador, mejor sigo caminando. Después de un buen trecho llego a la Place Saint-Melaine con su Église de Notre Dame (me temo que nada que ver con la que todos conocemos) y la puerta de hierro al Parc du Thabor. Qué ganas de comerme un helado tumbada en la yerba. Dicho y hecho: cucurucho de chocolate y hierba equivocada. Enseguida me echa un mujer, me lo dice en francés pero hay cosas que se entienden rápido. Se ve que no esta permitido aposentarse en ese lugar, cosa que podría haber deducido puesto que estaba vacío y la parcela de en frente llena. Encuentro otro lugar saboreando y relamiendo mi bola de cacao. Me tumbo y escribo un rato. Recibo un mensaje de Guigui, dice que acaba de llegar a Renne que en una hora nos vemos. No entiendo porqué ,pero me emociono y decido volver al albergue a cambiarme de ropa. ¿No era yo la que no quería compañía?
Le espero tomando una cerveza en Sainte Anne, se retrasa tres cuartos de hora, pero no me importa, estoy feliz. Es extraño quedar con una persona con la que no has mantenido nunca una conversación de más de cinco minutos y te quiere enseñar todo un país. Diós, su inglés es terrible, pero conectamos bien. Volvemos a las mismas calles, las mismas plazas, de la mañana, pero ya se sabe: por la noche todo se ve distinto. El parlamento impresiona más todo iluminado. Guigui me cuenta que hace solamente 10 años fue completamente quemado por un tema político (no es un secreto que a los franceses, bretones en este caso, se les vaya la mano a la hora de defender sus derechos). También fue el lugar donde se juzgó el caso Dreyfus (un judío acusado de espiar al gobierno francés para filtrar información a los alemanes), tema muy conocido en la rama periodística por la carta al presidente de Emile Zolà, J'acusse. Volvemos a Sainte Anne y torcemos por la Place St Michel para llegar al Hall Matenot, un mercado de gastronomía bretona que abre sólo los domingos. Paramos en la terraza de un bar, donde solían emborracharse con Wil y los demás cuando todos estudiaban en Rennes. Aquí pruebo mi primera cerveza bretona: la Duchesse Anne (muy oportuno el nombre). Está deliciosa. A partir de aquí la conversación se hace muy interesante, hablamos de todo un poco y de un poco, mucho. Pasan las horas, pero el mundo no lo arreglamos.
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