Mardi 8
Alguien ha dormido en mi habitación, una mujer, pero ya se ha ido. La habitación no tiene water (para sus necesidades bajar a la planta baja), pero sí pila y ducha a ras del suelo. Después de mi “remojo” en calcetines, por llamarlo de alguna manera, me preparo para mi intenso día de viaje. Suena mi móvil, tengo un mensaje. Es Guigui que dice que en media hora me pasa a buscar. Qué bien, voy a visitar la Bretaña en coche, como me hubiera gustado des del principio. Las carreteras no tienen nada de diferente a las españolas: dos direcciones, carteles azules (autopista) y blancos (nacionales), etc. A los lados, praderas y más praderas con vacas y más vacas pastando. Ahora entiendo lo de los quesos... Destino: Mont Saint Michel.
Hace un día espectacular. Guigui me explica que si la marea está baja se puede caminar alrededor del Monte. Pero la inofensiva arena puede convertirse en movediza, por eso hay que hacerlo acompañado de un guía. Por el contrario, hay momentos durante el año que el mar lo cubre todo y es imposible acceder. El castillo queda completamente incomunicado. Hoy, no se da ninguno de ambos casos: la marea está baja y tranquila pero sólo deja ver la carretera principal de acceso, de modo que no hay vuelta alrededor. Pero nada puede impedirme entrar en la Séptima Maravilla del mundo. ¿Será este el inicio de un peregrinaje hacia las seis restantes? El tiempo lo dirá.
A medida que avanzamos, Guigui me va introduciendo en materia. El Mont Saint Michel es un santuario construido en honor al Arcángel San Miguel, quien mató al demonio en su disfraz de dragón. Lugar de peregrinación durante mucho tiempo, ahora es un monasterio. En su parte más baja conserva las casas del pueblo que se desarrolló en el siglo X. ¿Hay gente que vive aquí aparte de los monjes? Correcto, pero no debe ser muy agradable estar siempre rodeado de turistas. En la entrada queda la Mer Poulard, el único restaurante en el que preparan artesanalmente las galletas más conocidas de Bretaña. Subimos por las estrechas calles. Todo son restaurantes, puestecillos de venta de galletas y otras especialidades gastronómicas y tiendas de souvenirs. Puedes comprar hasta espadas y corazas medievales. En una tienda de postales, Guigui me señala una riéndose. Este dibujo expresa exactamente la pelea entre bretones y normandos por la propiedad del Monte. Son dos mujeres ataviadas con sus respectivos trajes regionales, una a cada lado de la maravilla estirando por una cuerda atada a la cima. El castillo es toda una fortaleza militar, durante la guerra de los Cien Años sus paredes aguantaron todos los ataques de los ingleses, lo cual hizo del lugar un símbolo de identidad nacional. Me muero de ganas por entrar.
Gratis para los ciudadanos europeos y para los menores de 26 años; doblemente gratis para mí. El recorrido, como no, está marcado. Obviamente no puedes campar a tus anchas por el castillo, pero si tienes libertad de movimientos para ver y dejar de ver lo que te apetezca, o quedarte un rato divisando, a través de los grandes ventanales, los dibujos que hacen mar y tierra alrededor del Monte. Desde la terraza oeste la panorámica de la bahía es deslumbrante. Es como un viaje al cielo en primera clase. A la derecha, en el horizonte, peñascos de Bretaña; a la izquierda, acantilados normandos; y, justo delante, la única vía de acceso al Monte. Por si no fuera poco, al girarme descubro una vista única de la aguja neogótica del campanario, rematada por la estatua de cobre dorado de San Miguel.
La iglesia, a 80 m sobre el mar, es bonita, no muy pretenciosa, pilares altos con arcos largos. Apunto de sacar una foto, un monje se coloca delante de mi y hace una reverencia hacia el altar. Yo disparo. “Menos mal, existen”, pienso. Piden silencio y respeto, las monjas rezan. Desde donde estoy no pueden hacerse fotos, tengo una perspectiva perfecta para cogerlas en plena meditación. Guigui no me deja. Es una de esas fotos que jode no hacer (y perdón por la expresión). Damos la vuelta al ábside. Lo de las fotos es una tontería porque desde la mitad para atrás si se puede, supongo que no han tenido en cuenta una cosa que se llama zoom. Reconozco que mi cámara compacta es una “m”, pero la foto no está nada mal.
Poco a poco, vamos entrando en las diferentes salas que forman parte de la Maravilla, donde los monjes hacían vida: la cocina, el comedor, la sala de escritura, la sala de los huéspedes, pequeñas capillas, etc. Siempre me he preguntado dónde se esconde la gente que habitualmente vive en lugares como este, llenos de visitantes todo el día. Pruebo de abrir toda puerta cerrada, pero no tengo suerte. Encuentro mazmorras, pero sólo puedo tomar una foto entre los barrotes. Durante el tiempo de la Revolución Francesa, la abadía sirvió de prisión tras la disolución de la comunidad religiosa.
Poco después, por un pequeño pasaje se accede al antiguo osario de los monjes (sala donde se entierran los huesos humanos extraídos de un cementerio), espacio ocupado por una rueda gigante instalada para subir los alimentos de los presos encerrados cuando el santuario se convirtió en prisión. Ruedas como esta se utilizaban en la Edad Media para las obras de construcción.
El Mont Saint Michele es también una obra arquitectónica única por su forma piramidal y la disposición de cada una de sus salas. El plano es incomparable a ningún otro monasterio en el mundo. Su resplandor es debido a ininterrumpidas restauraciones desde la Edad Media, cuando los hombres veían el Monte como una representación del Paraíso: el Jerusalén celeste, le llamaron. Desde 1979, está incluido en la lista de patrimonio mundial de la UNESCO.
Con el monte a nuestras espaldas, Guigui me dice que haremos una parada antes de nuestro próximo destino, Saint Maló. Tiene una sorpresa para mi. ¿Te gustan las ostras?, me pregunta.
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