La muerte siempre da para escribir. Sólo cuando la sentimos de cerca aceptamos los errores cometidos, nos arrepentimos de las palabras escupidas… Sólo cuando se planta en nuestra cara somos capaces de ver con el corazón, porque por fin el cerebro se apaga. Y con él se apaga el odio y se enciende el amor. Sin él todo se olvida y entonces recuerdas otra vez. Pero qué triste es… tener que perder para ver cosas volver. Pero qué triste es valorar lo que tenemos, lo que queremos, cuando otros lo pierden… La vida es así, claro. Qué ilusos, qué frágiles y cobardes por no ser capaces de ver que el amor se demuestra en vida y no cuando no hay nada que hacer. Pero los que se van, a parte de su espíritu, dejan algo más: la oportunidad. De remendar el pasado y continuar, de decir esas palabras que cuestan tanto por miedo a fracasar. Sólo se trata de pronunciar. Un te quiero, un perdón, un me arrepiento, un adiós. Esta vez son Jaume, Angela y los que se van, y digo esta vez porque efectivamente habrá más. Y más. Otra familia rota, otros sueños sin realizar. La pregunta que más se harán: ¿Y ahora qué? Citaré a Elisabet: Adelante y de cara. ¿Vivir para morir? Me gusta más: Morir, para vivir.
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