26/01/2011

La historia de una pequeña mariposa

Había una vez una pequeña larva, movida y testaruda, que pronto se convirtió en una larga, redonda y vistosa oruga. Sus alegres colores advertían de su posible toxicidad, de modo que poco a poco fue abriéndose paso entre las hojas, evitando los peligros que se encontraba de camino al árbol donde debía plantar la semilla de su madurez. No fue un pasaje fácil, pero si de lo más enriquecedor. La oruga se fue cruzando con otros insectos, de los que fue aprendiendo lo mejor de cada uno. La mosca le enseñó la importancia de sus raíces, del imaginario popular al que pertenecía y que no debía olvidar. Pero también le contagió el defecto de la obstinación y la terquedad. Del insecto palo aprendió a camuflarse entre los demás, a comportarse de manera que la aceptaran en el mundo vegetal. Aun así, la oruga sabía que algún día sería diferente, que destacaría por encima del resto por su belleza y esplendor, pero ese momento aún no había llegado. El camaleón le transmitió el arte de cambiar de color según las circunstancias, la destreza con la lengua -rápida y mortal- y la habilidad de ver todos los puntos de vista posibles. Con la rana hizo amistad. Aprendió a divertirse, a reírse y hacer reír. El abejorro la encandiló hablándole de soledad, de independencia, de identidad. Y la abeja obrera le habló de sociedad y de jerarquías, pero a ésta no le prestó tanta atención. Sólo cuando habló su reina, los oídos de la oruga se agudizaron. Había presenciado toda una instrucción de liderazgo. La avispa, sin embargo, le causó curiosidad. Todo un ejemplo de integridad y honestidad al verle asumir las consecuencias de sus actos. El aire cosmopolita que ésta desprendía la entusiasmó con un aire de modernidad e interés por el mundo. Lo mismo que sintió al notar los bigotes de aquel enorme felino que le olisqueó interesado por sus brillantes colores y el contoneo de su cuerpo al ascender. Era un explorador nato, sin miedo a descubrir nuevas experiencias. Todos allí habían tenido alguna historia con el gato.

Después del encuentro con el grillo se dio cuenta de que una sombra gris le acompañaría siempre. Era algo llamado conciencia. Con la araña supo cómo evitar caer en la trampa del depredador, a no dejar que el veneno le infectara las entrañas. Pero también a tejer refugios y a dejarse llevar por el viento. La mantis religiosa la adiestró en la maestría de la atracción y le mostró el poder de la lujuria, capaz de aniquilar al más sensato. El caracol la introdujo en el autoaprendizaje y la autoprotección. También le enseñó algo de cautela. El saltamontes le dio unas lecciones de agudeza e intuición. “La inteligencia es el don de los supervivientes”, le dijo. A lo que la cucaracha, añadió: “piensa, resiste y sobrevivirás. Confía en tu instinto”. La salamandra vio fuego en sus ojos. Y le hizo prometer que aprendería los secretos de la alquimia para lograr desprender su magia interior. Un buen día vio pasar un enorme animal al que llamaron águila, todos hablaban de ella, de su libertad y de la amplia visión que debía tener desde las alturas. Entonces la oruga decidió que quería ser como ella. Alguien le había dicho que cuando llegara al árbol, aprendería a volar. Y sería más bonita que cualquier otro ser alado. Que no tendría nada que envidiar a la libélula, ni en elegancia, ni en perfección, ni en armonía.

En su último tramo, las hormigas instruyeron a la oruga en la técnica del trabajo, de la persistencia y la perseverancia, y la educaron en el sentido de la comunidad, del compromiso y de la responsabilidad. Al final, ya en la última hoja, cuando se alzaba entre malabarismos para sentir el roce agrietado del tronco, sintió una voz que nunca fue capaz de describir. Estaba en las hojas, en el tronco, en la brisa... en todo su entorno y en sí misma. Entendió que existe un propósito, un significado universal en todas las cosas y en su propia existencia. Pero no le puso nombre. Entonces descubrió un sentimiento nuevo: la esperanza. Y dejó que ésta le acompañara siempre. Se aferró a aquel tronco como si le fuera la vida en ello. Se arrastró y se arrastró con fuerza y tesón hasta tocar el punto más alto, en el que las vistas fueran las mejores. Entonces reposó en su rama. Se dejó envolver por secreciones sedosas que ella misma emitía. Y cuando se dio cuenta estaba dentro de un cascarón del que ya no podía salir. Se había convertido en una crisálida. Había empezado, lo había logrado. Unos lo llamaban metamorfosis, otros, mutación y algunos, simplemente, transformación. Sentía todo el cuerpo cambiar, el alma agitarse. Abría los ojos pero sólo había oscuridad. Al cabo de unos días, todo se calmó, la crisálida estaba en paz. Permanecía en una especie de trance inquebrantable, hasta que la pupa se agrietó. Y la cabeza de una pequeña mariposa se asomó al exterior. Posó sus nuevas e insignificantes patitas sobre la rama y agitó sus frágiles alas enérgicamente, como si acabara de despertar de un largo sueño. Aquel lugar que había escogido era sin duda el más maravilloso que había visto jamás, pero también el más peligroso. Se sentía hermosa y poderosa, pero tenía miedo. Quizás había apuntado demasiado alto. Aún tenía que aprender a volar. Y le quedaba mucha fauna por descubrir y con la que ejercitarse. En ese mismo instante recordó que alguien le dijo una vez que no creyera a aquellos que le dijeran que su virtud era efímera, porque en realidad gozaba de un poder sobrenatural. Un poder capaz de traducirse en la teoría de caos. El simple aleteo de una mariposa podía provocar una tormenta. Así que cogió aire y se lanzó al vacío.